La Bitácora

lunes, octubre 23, 2006

Ética pública y ética privada

Este artículo es de María Elton, Doctora en Filosofía de Universidad de Navarra y Profesora de Etica y Seminarios sobre filósofos modernos en Universidad de los Andes. Quiero copartirlo con ustedes pues creo que ilumina también el camino de una mejor sociedad al que aspiramos los critianos como construcción del Reino aquí y ahora.

Es propio de nuestra mentalidad actual hacer una separación entre ética pública y ética privada, considerando que sólo la primera es exigible por la sociedad. Desde esta perspectiva se razona así: si alguien quiere divorciarse de su mujer es problema suyo y de su propia conciencia, que puede ser distinta a la mía; si alguien quiere abortar sucede lo mismo, es cuestión de su conciencia individual; pero si alguien no quiere pagar los impuestos, es un inmoral y un tal por cual. La antropología que subyace a esta forma de razonar es digna de consideración. En ella el hombre es sobre todo un ser que debe mantenerse como ser biológico, y satisfacer todas aquellas necesidades que le permitan simplemente vivir; y además vivir en paz con los demás, de modo que cada uno pueda cuidar de su propio bienestar sin ser estorbado por los otros. Es una ética pública, pero individualista, que tiene como fin la satisfacción de las necesidades básicas del hombre, dejando la búsqueda de la perfección personal para aquellos que por su cuenta quieran emprenderla, ya que no tendría ninguna relevancia social, por lo que el Estado no debe hacerse cargo de ella. Incluso actividades tan importantes como las propias de la educación, pueden dirigirse principalmente a estos fines tan reducidos.


En este contexto la justicia deja de ser una virtud personal como lo fue para los clásicos, y pasa a ser nada más que un conjunto de leyes obligatorias a las que hay que obedecer por una razón meramente civil. La justicia por tanto no se refiere a conductas personales que supuestamente no interfieren el bienestar individual ni la paz social. Porque la sociedad y sus leyes sólo debe hacerse cargo de las necesidades básicas del individuo, y no de la perfección de la naturaleza de las personas, lo que se conseguiría por medio de la adquisición de las clásicas virtudes morales e intelectuales.

Esta manera de pensar tuvo su origen en el pensamiento moderno, y ha tenido una gran influencia en las democracias contemporáneas, por lo que ha sido un ideario largamente experimentado. Tenemos por tanto suficiente experiencia como para ser concientes de la imposibilidad de realizar la paz y la justicia a través de la sola organización social, por medio de la sola ética pública, independientemente de las virtudes personales o éticas de las personas que componen la sociedad. Una reflexión sobre la historia reciente nos enseña que no bastan la soberanía estatal y la exigencia de los derechos subjetivos para que haya justicia y paz social. Los comportamientos privados son decisivos también para esos fines.

La máxima de Lutero según la cual "un príncipe puede ser, sin duda, cristiano, pero no tiene que gobernar como cristiano; y en cuanto que gobierna no se le llama cristiano, sino príncipe, porque la persona es, desde luego, un cristiano, pero la dignidad o el principado no tiene nada que ver con su cristianismo"; ha hecho crisis actualmente. La fe cristiana, cuando es real, no se limita, como pensaba Lutero, a una intimidad desligada de las cosas de este mundo, sino que al contrario, se manifiesta en obras, que mejoran a los hombres y a la sociedad.

Para solucionar los problemas que ha planteado la separación entre ética pública y privada, la educación debe tener hoy como fin principal el desarrollo de las virtudes clásicas en las personas, las cuales, siendo propias de la naturaleza del hombre, han sido muchas veces defendidas por el cristianismo, y por eso se las ha llamado también virtudes cristianas. El hombre virtuoso vive en armonía consigo mismo, por lo que puede amar a los otros como a sí mismo, y trabajar efectivamente por el bien de los demás. Esta ética privada es en definitiva mucho más eficiente que lo que se ha llamado ética pública por contraste, porque busca la perfección personal desde la cual el individuo es capaz de abrirse al bien común en todas sus dimensiones, y no solo a la satisfacción de las necesidades básicas en general.