La Bitácora

jueves, diciembre 14, 2006

En Memoria de Igor


Igor Barraza era un bebé de apenas un año y medio; vivía en Iquique con su madre, adicta a la pasta base. Igor era hermoso, como pueden verlo aquí.

Por culpa de la adicción a la droga, Igor quedó solo durante días y murió de hambre, aferrado a un trozo de pan. Encontraron su pequeño cuerpo descomponiéndose bajo la cama. De su madre nada se sabe hasta ahora.

Cuando leí esta noticia hoy por la mañana sentí un rápido y doloroso estremecimiento que hizo que me pusiera a llorar. Callado, con los dientes apretados y con dificultad para contener el dolor en mi garganta. Mire a un lado, donde estaba Vicente, mi amado hijo. Se reía mientras miraba los monitos en la TV, me miró y se río otra vez y me dijo “Papá”

Lo imaginé solo, llamando sus padres, a su hermana, a su abuela, a su nana….a cualquiera que pudiera socorrerlo y darle comida y agua, cambiarle los pañales, besarlo….demostrarle cuánto lo amamos. Vi su rostro y lo imaginé como Igor, muriéndose sin que nadie lo ayude, lo limpie, lo alimente, lo salve.

Ahora que escribo, recuerdo ese instante y otra vez me asalta la pena y la rabia. Es Navidad y un niño se muere de hambre porque su madre es adicta a la droga y lo abandonó, lo dejó solo durante días. ¿Por qué? No lo entiendo, o lo entiendo pero no lo acepto. Mientras leía la noticia y quise escribirles esta reflexión, comencé a pensar distintas cosas.

Pensé, por ejemplo, en el debate sobre la píldora del día después y ahora me parece irracional, me parece casi un crimen, pero tampoco estoy seguro de ello, pues si bien es cierto que si la mamá de Igor hubiese tomado la píldora y entonces Igor no hubiera nacido para después morir de la manera indigna en que lo hizo, el hecho es que sí nació. Era lindo, estaba vivo y podría haber crecido feliz, tal vez habría tenido la capacidad, la resiliencia para salir adelante a pesar del entorno en que vivían sus padres. Nunca lo sabremos.

Luego recordé un artículo que leí en la prensa hace unos meses, donde se hacía una reseña de un libro cuyos autores, con cifras en la mano, demostraban que la baja en la tasa de criminalidad en estados como Nueva Cork u Ohio, nada tenía que ver con la aplicación de medidas farandulescas como “Tolerancia Cero” o Mano Dura. Más bien, así parecían revelarlo los datos y los números, había menos delincuentes porque en esos estados el aborto era legal, y por lo tanto se demostraba que la menor tasa de criminalidad y la caída constante de este índice que se observa desde comienzos de los 90, se debía a que las mujeres de comienzos de los 70, cuando el aborto se legalizó, habían decidido no tener a esos hijos y así evitaron que nacieran en ambientes de pobreza y violencia, con lo cual disminuyeron la posibilidad de que en los 90 esos niños se hubiesen convertido en delincuentes.

No sé qué piensen ustedes, pero a mí, me pasa que encuentro plenamente factible esta relación. Y eso me aterra. Me sacude y me confunde. Me choca, me violenta, pero no puedo negarla. Menos cuando conozco la historia de Igor. Es probable que su madre provenga de un ambiente de mucha carencia, no sólo económica sino también afectiva e intelectual. Así, eran pocas las herramientas con que contaba para criar a Igor. Quizás la abuela de Igor debió impedir el nacimiento de su hija. No sé. Es muy difícil pensar en todo lo que hubiera pasado “si tan solo….” Y con la imagen del niño gritando solo y muriendo de hambre, sosteniendo un pan, sin agua, sin leche, sin amor.

Sobra decir cuánto amamos a nuestros hijos, y al mismo tiempo cuánto daño somos capaces de infringirles, conciente o inconcientemente. A veces creemos que lo estamos haciendo la raja, perdonando la expresión, y algo nos revela como en una sacudida, que no hacemos ni una pizca de lo que debiéramos, que algo no está bien.

Igor era pobre y falleció en Navidad. El otro día hablábamos de la Navidad y la pobreza, porqué Dios había escogido que su hijo, pudiendo nacer en cuna de oro, viniera al mundo en medio de la inmundicia, la pestilencia, el desamparo, el egoísmo de quienes le negaron una habitación. Tal vez Dios quiso volver a remecernos y por eso llamó a Igor, por eso él murió sucio y hambriento, para que no nos olvidemos qué es lo importante.

Le ruego a Dios que tenga a este niño en sus brazos hoy, lo cuide y lo alimente. Y ayude a su madre a salir de su adicción y nos ayude también a nosotros, porque no podemos permitir que otro niño vuelva a morir en la forma como lo hizo Igor.

No podemos.

No debemos.